¿Hace cuánto tiempo que no disfrutas de verdad una deliciosa comida? Pero no te pregunto sólo hace cuánto que no tienes delante de ti un plato que te guste, sino cuándo fue la última vez que disfrutaste plenamente comiéndolo y sólo comiéndolo.

Me explico: vivimos en un mundo con tantas prisas y tantas ocupaciones que demasiadas veces hacemos las cosas pero no las vivimos plenamente, lo que significa que nos perdemos gran parte de la experiencia.

Si eres como la mayoría, mientras comes tienes la televisión encendida. Incluso ese puede ser tu momento para ver las noticias y “mantenerte informad@!. Pero, aún pasando por alto que en su mayoría las noticias que se ven en televisión son malas, violentas o tristes, la verdad es que el hecho de tener la televisión encendida distrae tu atención. Es decir, distrae tu atención de lo que estás haciendo: comiendo.

 
 

Al final, puede que hayas llenado tu estómago y aplacado el hambre, pero has disfrutado? ¿Has saboreado lo que te llevaste a la boca? ¿Te has percatado de todos y cada uno de los sabores que estaban mezclados formando tu comida? Si tu respuesta es sí, te felicito, pero casi me atrevería a afirmar que tu respuesta será un no rotundo o por lo menos una duda.

Y aunque la comida es un buen ejemplo, es el menor. Habitualmente vivimos como en dos mundos paralelos simultáneos: el real en tiempo presente, en el cual estamos haciendo y experimentando cosas y el futuro incierto, donde habita nuestra mente, abrumada por preocupaciones, problemas, miedos, etc.

¿Cuál es la consecuencia de eso? Que no estamos completamente en ninguna parte. Los momentos se suceden sin que tengamos plena conciencia de ellos.  Y pasamos por alto el saborear las pequeñas cosas que pueden regalarnos momentos de felicidad. Porque, ¿Qué es la felicidad sino la suma de pequeñas cosas que nos arrebatan una sonrisa y nos hacen sentir bien con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea, por lo menos por unos instantes?

¿Cuándo fue la última vez que te maravillaste de verdad con los mágicos colores de la puesta de sol? ¿Cuándo, en medio del silencio, escuchaste el canto de un pájaro y pensaste que era un canto verdaderamente hermoso? ¿Cuándo fue la última vez que pasaste tiempo con alguien querido y todo tu pensamiento y tu corazón estaban con él?



¿Cuándo fue la última vez que saliste a cenar con amigos pero tu cabeza estaba ocupada pensando en un problema de trabajo y no conseguiste relajarte? ¿Cuándo fue la última vez que un problema económico hizo imposible que te concentraras en la conversación con tus hijos, nietos o pareja? ¿Cuándo fue la última vez que el temor a equivocarte impidió que hicieras algo?

La verdad es que las preguntas podrían ser tantas… Lo triste es que posiblemente al primer grupo respondas “hace mucho”, mientras que las situaciones del segundo grupo de preguntas te suenan demasiado comunes.

La felicidad en las pequeñas cosas

Por alguna razón que no termino de entender, estamos “programados” para ver la felicidad como una meta y no como un camino. Pensamos que seremos felices cuando obtengamos el título, cuando nos casemos, cuando tengamos un hijo, cuando consigamos ese trabajo, cuando hagamos ese viaje que tanto soñamos, cuando nos jubilemos, cuando nos ganemos la lotería….

Pero la verdad es que, aunque llegar a esos momentos puede hacernos felices, esa felicidad por grande que sea no es permanente. Pasada la euforia de los primeros momentos, ponemos el foco en otro “gran acontecimiento” que esperamos alcanzar para ser felices realmente. Y así una y otra vez.

Sin embargo la felicidad no es una meta, la felicidad es el camino. Por supuesto que conseguir grandes cosas con las que un día soñamos nos hace felices, pero esos son momentos puntuales. Lo más común son esas pequeñas cosas cotidianas que son como un pequeño goteo que va llenando nuestro corazón. Y esas pequeñas gotitas son realmente las que lo van a mantener lleno, sin ellas la vida sería insoportable.



Y absolutamente todos podemos llenar nuestro “depósito de felicidad” cada día con esas gotas, sólo tenemos que poner atención. Están por todas partes.

¿Cómo encontrar el valor de las pequeñas cosas y llenar tu vida de felicidad?

Aunque no lo creas, la receta para conseguirlo es muy fácil: Vive el momento presente. Vívelo total y plenamente.

Si estás comiendo, come. No leas, no veas la televisión. Concéntrate en cada bocado, saboréalo y llena esos minutos con el placer que te produce la comida. Si no puedes hacerlo siempre, por lo menos hazlo cada vez que tengas la oportunidad, verás que te encantará.

Si estás paseando, solo pasea. Observa lo que hay a tu alrededor, concéntrate en los sonidos, escucha el canto de los pájaros, asómbrate con la luz del sol o el azul intenso del cielo. Reconoce la vida que te rodea por diminuta que sea. Alegra tu corazón con la belleza infinita de la naturaleza. Siente el frío del viento o el calor del sol en cada poro de tu piel. No pienses en nada más.

Si estás viendo una película, vívela. Ríete hasta quedarte sin aliento, llora, emociónate. No hay nada más que tú y esa historia durante 120 minutos.

Si estás con alguien que amas, quédate con esa persona, escúchala, háblale, pon atención en lo que tiene para ofrecerte, ofrécete a ella. En ese momento sólo existen dos personas en el mundo, nada más.

Si vas a la playa siente la arena en tus pies, siente el agua. ¿Te has dado cuenta de que el agua que te baña en ese preciso momento ha recorrido medio mundo arrastrada por las corrientes marinas, hasta llegar a ti? ¿Te puedes imaginar las historias que ese mar podría contarte?

En resumen, asómbrate con la vida a cada instante. Con la tuya y con la que te rodea, porque todas son un milagro. Siente la felicidad de formar parte de ese milagro y da las gracias. Porque son esas pequeñas cosas, esos pequeños y sencillos placeres los que de verdad van llenando tu corazón y tu vida de felicidad. Es eso lo que al final de tu vida te permitirá decir: “he vivido una vida feliz”, no sólo el haber alcanzado “grandes” metas.

No dejes escapar momentos en los que pudiste disfrutar pero que te perdiste por tener la cabeza en otra parte, por imaginarte problemas que quizá nunca llegaron, por buscar respuestas que quizá nunca encontraste ni encontrarás.

Porque el tiempo se pasa, porque los niños crecen, porque la gente se va. Vive el aquí y el ahora. No permitas que se te escape, es lo único que realmente tienes!