divorcio en la vejez hay una edad para separarse

Las cosas cambian y las sociedades se transforman. Cada vez es más común que parejas de edad avanzada, pasados los 60 ó 65, decidan poner fin a muchos años de matrimonio. Hace sólo unas décadas, tanto hombres como mujeres aceptaban como irrefutable la idea de “hasta que la muerte los separe”. No importaba lo que pasara, el matrimonio debía ser para toda la vida.

Pero para muchas parejas el matrimonio para toda la vida se convertía en una “sentencia” que tenían que soportar, especialmente cuando la mujer dependía económicamente del marido para su supervivencia. Una sentencia ineludible, sobre todo tratándose ya de parejas mayores, el divorcio en la vejez era casi inconcebible.



Sin embargo las cosas ya no son como antes, no sólo las mujeres son hoy más independientes y están más seguras de sus capacidades para ganarse la vida, sino que todos, hombres y mujeres, hemos aprendido que nos merecemos ser felices.

La búsqueda de la felicidad es un derecho y si una relación de pareja, por muchos años que tenga, no contribuye a que alcancemos esa felicidad y plenitud, entonces el ponerle fin es sencillamente una actitud lógica y de lo más razonable, sin importar la edad.

 
 

No obstante, el divorcio a edades avanzadas se enfrenta a una problemática específica. Siguen existiendo muchos prejuicios al respecto y la presión social y familiar, de hijos e incluso nietos, puede ser muy fuerte.

¿Qué desencadena el divorcio en la edad adulta?

Una de las principales razones que está causando el aumento del divorcio en adultos mayores es el aumento de la esperanza de vida. Hasta hace poco eran escazas las parejas que permanecían juntas por más de 40 años y eso se debía a que las personas morían mucho más jóvenes.

Pero la medicina y nuestra consciencia sobre el cuidado de la salud han avanzado y la esperanza de vida supera ya los 80 ó 90 años en los países occidentales y sigue en aumento. Vivir con la misma persona durante 50, 60 ó 70 años puede sonar romántico y ser una perspectiva esperanzadora para las parejas con una relación sólida, pero es una condena demasiado larga para quienes no se quieren ni tienen cosas en común.

Las personas que llegan unidas a la década de los 60, muchas veces lo han conseguido sencillamente por la costumbre y porque sus ocupaciones (trabajo, crianza de los hijos, etc.) los han mantenido alejados de su realidad como pareja. Sencillamente no se han planteado (o han rehuido hacerlo) si esa parte de sus vidas era satisfactoria.

Pero cuando los hijos se van de casa y llega la jubilación, la pareja se enfrenta a su propia realidad. Por primera vez en décadas están solos y tienen todo el tiempo del mundo disponible. ¿Se conocen realmente? ¿Se quieren? ¿Quieren y pueden pasar juntos los próximos 20 años o más? La respuesta negativa a estas preguntas es la que desencadena la decisión de separarse, con el fin de dar un cambio radical a sus vidas y encontrar la felicidad.



Al volver a encontrase solos los dos, algunas parejas se dan cuenta de que ya no tienen nada en común, que lo único que los unía era la responsabilidad de criar a los hijos y que el amor se terminó hace mucho tiempo. Algunas mujeres sienten que han sacrificado lo mejor de sus vidas y necesitan ser libres para realizarse personalmente, mientras que para los hombres es importante recuperar la ilusión de sentirse necesitados y queridos.

Afrontar el divorcio en la vejez

Hombres y mujeres envejecemos diferente y por lo mismo, afrontamos la edad de distinta manera. Mientras que las mujeres tienen menos miedo a la soledad y se atreven a dar el paso de la separación a cambio de ganar paz y tranquilidad, los hombres necesitan sentirse atendidos y cuidados, por lo que en su gran mayoría sólo toman la iniciativa de divorciarse cuando han encontrado una nueva pareja que llene sus necesidades.

Por supuesto que no existen reglas y cada persona que llega al divorcio bien entrada la madurez lo hace por sus propios motivos, aunque en el fondo subyace el deseo de ser felices y no desperdiciar la última etapa de sus vidas.

En muchos casos, llegar al divorcio en la vejez es sólo la consecuencia de relaciones de pareja tóxicas o infelices, que sólo se han mantenido unidas por los hijos o mientras las partes han podido “escapar” de la convivencia gracias al trabajo y otras ocupaciones. Pero en otros casos, no hay “aparentemente” grandes problemas, sin embargo el vínculo afectivo se ha perdido aunque se lleve una convivencia razonablemente armoniosa.

La familia, especialmente los hijos (y nietos si los hay) juegan un papel fundamental a la hora de apoyar a los mayores a afrontar el divorcio. Generalmente los hijos son perfectamente conscientes de los problemas de pareja de sus padres y saben que la separación es la única salida. No obstante no siempre es fácil para ellos aceptar ver a sus padres separados después de tantos años y no les ponen las cosas fáciles.

Contar con el apoyo familiar y de un afectuoso círculo de amigos, es fundamental para que los adultos mayores puedan afrontar su proceso de “duelo” tras la separación. El “duelo” afecta a ambas partes, incluyendo a la que toma la iniciativa de cortar la relación, porque después de todo, se trata de un gran cambio en la vida que han llevado por años. Un nuevo comienzo, por más que sea buscado, no deja de asustar un poco.



Llegado ese momento, lo importante es centrarse en las expectativas y posibilidades que se abren ante la nueva situación y buscar actividades para mantenerse ocupados, sentirse útiles y mantener la ilusión.

Volver a encontrar el amor

Aunque la mayoría de mujeres que deciden separarse en la vejez lo hacen sin otra motivación que la de poner fin a un matrimonio que las hacía infelices (cansadas de malos tratos, infidelidades o de sentirse poco queridas), las estadísticas indican que los hombres cuando son ellos los que toman la iniciativa lo hacen porque ya han encontrado otra pareja o porque tienen el impulso de sentirse capaces de conquistar nuevamente a una mujer.

En cualquier caso, separarse a una edad avanzada no significa cerrarse al amor para el resto de la vida (que puede ser todavía muy larga). Volver a enamorarse pasados los 60, es perfectamente posible y recomendable.

Hay muchos estudios médicos y científicos que han descubierto que las personas mayores que inician una relación amorosa en la tercera edad, se mantienen más sanas, más alegres, mejoran sus defensas e incluso retrasan el deterioro cognitivo.

Afortunadamente los tiempos cambian y poco a poco nos vamos librando de absurdos prejuicios, como el de que el amor sólo es para los jóvenes. Cualquier edad es buena para reinventarse y encontrar la felicidad y el amor.